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Artículos

Martes, 05 de mayo de 2009

Un nuevo virus, vulnerabilidad social y esperanza cristiana.

Autor: Hernán Quezada SJ.

       

     Un virus nuevo se ha hecho presente en nuestro mundo, especialmente en nuestro país: el virus A H1N1, virus de la influenza humana, que ha dado signos de una rápida transmisión y de una alta peligrosidad para la vida de los seres humanos.  Inmediatamente, los mecanismos de sanidad en México y en el mundo han comenzado a operar acciones para hacer frente a esta nueva emergencia de salud.

     A partir del anuncio de la aparición del nuevo virus, la información en los medios de comunicación se ha vertido sobre nosotros de manera abundante. En todos lados se habla de esta nueva infección. Han surgido discusiones sobre la eficacia de las medidas implementadas por los gobiernos, escepticismo, historias, cuentos, cadenas cibernéticas, etc. Todos nos preguntamos ¿Cómo evitar el contagio? ¿Cómo enfrentar la enfermedad? ¿Qué tan grave es? ¿Qué está pasando? ¿En dónde está la verdad?

     Las acciones mundiales se van desarrollando con la finalidad de frenar esta ya inminente pandemia y mitigar el daño a la humanidad; hay que desarrollar una vacuna, habilitar el acceso a los fármacos, conseguir dinero, desarrollar políticas y garantizar los servicios de salud entre otras muchas cosas.

     Una amiga, hace unos días, invitaba a reflexionar en medio de la crisis: ¿Por qué enfermamos? Ella señalaba: “...Y junto con esto me quedaba pensando eso que dicen: que cuando alguien se enferma de algo, algo le quiere decir, que el cuerpo nos está diciendo algo, y pienso en lo que nos quiere decir nuestra tierra, nuestro país, nuestro mundo” Sus palabras y otras, que he leído estos días, me llamaron la atención y me motivaron esta reflexión.

 ¿Por qué enfermamos?

     Nos podemos preguntar: ¿Por qué enfermamos? ¿Qué es la enfermedad? Desde el siglo XIX han prevalecido dos conceptos de enfermedad: un concepto llamado ontológico y otro llamado fisiológico. El primero afirma que la enfermedad viene de fuera, tiene una existencia distinta al organismo, entra en el organismo sano y lo transforma en una organismo enfermo. El segundo concepto sostiene que la enfermedad es una manifestación de procesos internos alterados.     

     Dentro de las discusiones contemporáneas de enfermedad encontramos el concepto biomédico que afirma que la enfermedad es un tipo de estado interno que disminuye la salud, o sea, que reduce una o más capacidades; la enfermedad indica desviaciones de lo normal (en sentido de lo fisiológico).[1]

       Algunas veces enfermamos de manera inexplicable, o en otras claramente atribuimos la enfermedad a la entrada de un virus, o una bacteria; pero, aún en estos casos hay factores que determinan que seamos vulnerables a la infección.  En el fondo, enfermamos porque somos vulnerables, y somos vulnerables cuando algo falla en nuestro interior, cuando nos hemos descuidado, dejamos de dormir, de comer, cuando estamos tristes. Enfermamos cuando estamos expuestos a contextos “enfermantes”: contaminación, estrés, cambios de temperatura, etc.

 ¿Castigo de Dios?

     Desde la mirada de la fe, la enfermedad, especialmente las epidemias, se han identificado en nuestros textos sagrados, y aún hoy en amplios sectores de la sociedad, como consecuencia del pecado del pueblo, que ha merecido el castigo de Dios. “He enviado contra vosotros peste,” (Am 4,10)

       Los cristianos, iluminados por la Revelación en Jesús, afirmamos que la enfermedad no es un castigo de Dios. A propósito del Sida, la conferencia de Obispos de África Austral, señalaban:

     El SIDA nunca debe ser considerado como un castigo de Dios. El quiere que seamos sanos y no que vayamos a morir de SIDA. Esta es para nosotros una señal de los tiempos que desafía a todos los pueblos a una transformación interna y a seguir a Cristo en su ministerio de sanación, misericordia, y amor.[2] 

      Estas sabias palabras de los obispos dejan en claro que Dios no castiga; pero esta atribución errónea del castigo, como algo venido de Dios, la debemos de interpretar desde la experiencia de fe del pueblo de Israel. Surge de la sensación y la conciencia, de  hombres y mujeres, de que algo en la sociedad está mal, de que se ha roto la Alianza con Dios, se ha alterado la función interna del sujeto social, algo ha sido rasgado, hay un pecado colectivo, social.  “Israel vende al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisotean sobre el polvo la cabeza de los débiles y desvían del camino a los humildes”. (Am 2,6-7)

     Tendemos muy comúnmente a quedarnos en una lectura reducida del pecado, pensar inmediatamente en el rompimiento del culto, la moral sexual, hablar de mi pecado, tu pecado y su pecado; intentamos escapar de nuestra identidad de Pueblo de Dios, del pueblo que reconoce que ha actuado en perjuicio de otros, que se ha esclavizado a otros dioses: dinero, poder, imagen. Hemos de reconocer como sociedad el pecado de vivir en la opresión, la violencia y la injusticia. Esto es reconocernos parte del pecado estructural, el pecado social en el que vivimos inmersos y que nos asfixia, especialmente a los más pobres y excluidos.

     Ya denunciaban, proféticamente los Obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida:

“Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables”[3]

     Al reconocernos parte de un sujeto social podemos reconocer lo previo a la enfermedad, “nuestro pecado”, eso que ha sido rasgado, eso que internamente no está bien y que nos hace vulnerables. ¿Cuál ha sido nuestra vulnerabilidad? ¿Por qué ha surgido este nuevo virus? ¿Por qué hemos enfermado?

Lo que nos ha hecho vulnerables

     Si miramos hacia atrás, hacia nuestro pasado reciente, podemos encontrar muchos signos, no sólo propios de nuestras ciudades, o de México, sino propios del mundo. Signos que nos muestran que algo no ha estado bien, que algo se ha roto en lo interno, en la función de nuestro mundo. ¿Será que vivimos en la injusticia? ¿Será que pisamos al débil? ¿Será que han sido más las malas noticias que las buenas? Violencia, miedo, corrupción, guerra contra el narcotráfico, desconfianza, crisis electoral, crisis económica, desempleo, desigualdad, migración, violación a los derechos humanos, e incluso la ya casi olvidada crisis alimentaria. Alguien expresaba en una página de internet su “gratitud a la influenza” por hacerlo olvidar los asfixiantes problemas que vivimos en México.

     Se percibe agobio, tristeza, mucha desconfianza en las instituciones. Nos inundan los correos que acusan un plan perverso para desviar nuestra atención, para someternos, para engañarnos. ¿Cómo no sentir esto, si por mucho tiempo nos han mentido y engañado? ¿A quién creer, en quien confiar? ¿Será que hace mucho que estamos tristes? ¿Será que la corrupción y la desigualdad nos han hecho vulnerables? ¿Hacia dónde virar el corazón? ¿Hacia dónde encontrar esperanza? ¿Todavía es posible sanar? ¿Es posible la conversión?

 Es posible sanar

     Los cristianos y cristianas creemos que es posible la “conversión”, es posible cambiar el rumbo, tomar la dirección contraria, es posible sanar. Los seguidores de Jesús creemos que el pecado estructural no tiene la última palabra. En el mismo Antiguo Testamento, en donde el pueblo atribuye a Dios el castigo a su pecado, el mismo pueblo reconoce la voz de Dios que le llama a la conversión: “Así habla el Señor: Observen el derecho y practiquen la justicia…” (Is.56,1)

     Dios tiene una promesa para su pueblo: “Yo he visto sus caminos, pero lo sanaré, lo guiaré y lo colmaré de consuelos; (Is. 57,18)

      Dios pide a todos y todas: “soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. (58,8)

      La certeza cristiana de la conversión, fundada en la experiencia de la Resurrección, reconoce un camino para que ésta sea posible: conocimiento, arrepentimiento y reparación. Mediante el conocimiento advertimos lo injusto en nuestra acción y en nuestro mundo, y nos reconocemos injustos y culpables, es un primer paso; pero si nos quedamos aquí, la experiencia de la culpa puede llenarnos de desesperación y cinismo. Ha de seguir el arrepentimiento: no sólo se reconoce la culpa, sino que se rechaza la injusticia, motivado este arrepentimiento por el amor, y se extiende en la reparación. Se intenta reparar lo que ha sido roto, se construye la justicia, se renueva el corazón, se rompen los egoísmos y nos abrimos a los otros.[4]

 Nuestra tarea

     Después de este recorrido regresemos al momento actual, a la enfermedad, a las acciones.

    Si nuestras acciones contemplan que el problema reside, únicamente, en un virus que está infectando a la sociedad, y para ello desarrollamos solamente estrategias de contención y de mitigación, poco podremos hacer.

     A propósito de la infección por este nuevo virus tenemos que mirar por qué fuimos vulnerables, por qué encontró en esta sociedad, en este entorno todas las condiciones para desarrollarse. La mirada debe clavarse en las raíces del problema, en eso que no está marchando bien; ahí se deben dirigir las acciones. Además de la atención del impacto, y la contención del problema hay que trabajar por erradicar la vulnerabilidad. Esto ha de ser concebido a largo plazo, intersectorialmente, con una mirada holística de la epidemia.

      Para todas y todos nosotros queda el reto del análisis, de la reflexión y del compromiso expresado en acciones, personales y sociales.

       Sólo desde la erradicación de la desigualdad, la violencia, la pobreza y la injusticia estaremos seguros que vamos a sanar y nunca volveremos a enfermar. Suena casi imposible, ingenuo, pensar que será posible un mundo así. Pero con los ojos de la fe, que miran lo que no tenemos, que creen en lo que no tocamos y esperan con alegría, podemos creer que es posible restablecer la justicia, construir el bien común.

      Quizás ésa es nuestra misión: denunciar lo que causa la enfermedad, lo que nos arranca la vida, y anunciar con alegría en medio de la crisis, la esperanza, comprometidos en acciones que van construyendo el proyecto de Reino de Dios anunciado por Jesús.

        Este nuevo virus puede ser la posibilidad para virar el rumbo, para reflexionar individual y colectivamente en dónde hemos puesto el corazón, en quién hemos depositado la confianza. Se empieza a sentir una solidaridad que se extiende entre nosotros, que se mezcla en la confusión y el miedo. Quizás hace mucho que no sentíamos tanta necesidad de no estar solos, de confiar, de creer y de buscar la verdad.

 


[1] Cfr. Pérez Tamayo, R. (1988). El concepto de enfermedad II. En El concepto de enfermedad II . México: Fondo de cultura económica.

[2]  A Message of Hope to the People of God from the Catholic Bishops of South Africa, Botswana, and Swaziland, 30 de julio de 2001.

[3] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida Documento Conclusivo, No.65, Aparecida Brasil, 2007.

[4] Cfr. Weber Helmut, Teología moral general, Herder, 1994.

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